Las consecuencias ecológicas de la extinción de los mastodontes en Chile

Tres cráneos de elefantes sobre la hierba, mostrando los huecos donde antes estaban sus colmillos, evidencia de la caza furtiva.

La extinción de los mastodontes dejó una huella ecológica visible 10 mil años después de su desaparición en los ecosistemas chilenos. Así lo afirma un estudio publicado recientemente en la revista científica Nature Ecology & Evolution. 

El equipo liderado por Erwin González (Universidad de O’Higgins) y que contó con la participación de Claudio Latorre, Ricardo Segovia y Andrea Loayza (Instituto de Ecología y Biodiversidad) descubrió evidencias paleontológicas de que estos grandes herbívoros consumían frutos de especies que aún existen, pero que ahora mismo están en peligro de desaparecer por la pérdida del servicio ecológico clave que estos animales realizaban: la dispersión de semillas de gran tamaño. 

La investigación abarcó una superficie de aproximadamente 1.500 kilómetros, desde Los Vilos hasta Chiloé, incluyendo el sitio del antiguo Lago de Tagua Tagua. Los expertos usaron 3 líneas de evidencia para probar su hipótesis: el análisis del microdesgaste de los dientes de los mastodontes, el estudio del sarro en sus fósiles y las dataciones e isotopos de oxígeno en las capas de tierra. 

Este conjunto de técnicas permitió confirmar que los animales vivieron en ambientes boscosos y consumieron grandes frutos (como la palma chilena, el queule y el lúcumo chileno) que hoy están en estado crítico de extinción porque no existen otras especies capaces de trasladar sus semillas para que sus frutos se propaguen. 

Especies en riesgo de extinción por la falta del mastodonte

Las especies vegetales más afectadas por la pérdida de megafauna tienen rasgos en común: poseen frutos voluminosos, dependen de animales para ser transportadas a largas distancias y tienen rangos de distribución reducidos. Muchas de ellas ya se encuentran en listas de conservación con estados que van desde vulnerables hasta en peligro crítico. 

La palma chilena, el queule y el lúcumo son las más afectadas debido a que no cuentan con suficientes individuos jóvenes para sostener sus poblaciones a largo plazo. Por este motivo los expertos consideran a estos árboles como verdaderos “museos vivos”. La palma chilena, por ejemplo, tarda entre 80 y 120 años en producir su primera floración, por lo que ¡existen individuos de hasta 500 años! 

Pero esa lentitud para reproducirse hace que su pérdida de generaciones sea irreversible. El lúcumo, por su parte, posee poblaciones pequeñas, fragmentadas y aisladas, lo que la vuelve más vulnerable a la adaptación de los cambios en el clima. A esto se suman otras amenazas como la conversión de terrenos para la agricultura, viñedos y olivares, la expansión urbana, las carreteras y la extracción de recursos. 

A medida que el paisaje se fragmenta, las pocas semillas que sí se mueven no consiguen colonizar sitios nuevos. Además, deben competir con especies invasoras y herbívoros introducidos, como la liebre europea, que consumen los retoños y reducen el éxito de regeneración natural.

¿Cómo funcionaba la máquina ecológica y por qué falló?

La dispersión por animales es un proceso ecológico clave: los herbívoros consumen frutos, transportan las semillas en el tracto digestivo y las depositan lejos de la planta madre, favoreciendo la colonización y reduciendo la competencia entre la misma especie. Los mastodontes cumplían ese rol para frutos demasiado grandes para ser trasladados por aves o pequeños mamíferos. 

Pero cuando estos animales desaparecieron, este proceso se terminó. Y los sustitutos disponibles para la tarea solo son capaces de transportar las semillas en distancia muy cortas (unos 50 metros). Este cambio explica por qué muchas poblaciones vegetales sobreviven aislados, sin la posibilidad de expandirse. 

La consecuencia es doble: por un lado, la pérdida de biodiversidad, que vuelve aún más vulnerables a los ecosistemas ante cambios de temperatura o actividades humanas. Por otro, la falta de procesos coevolutivos como la polinización, la dispersión o la depredación de semillas que ayudan a mantener las poblaciones de especies vegetales nativas. 

¿Existe forma de salvar a las especies nativas afectadas? 

Los especialistas creen que es posible. Pero para ello es necesario fomentar la conservación y la ampliación de los lugares donde aún persisten estas plantas. Y si bien la protección en predios privados puede ser más factible y rápida que crear nuevos parques nacionales, harán falta políticas estatales que incentiven la creación de reservas privadas y corredores biológicos. 

Por otro lado, aconsejan controlar a los herbívoros invasores que consumen las plántulas (para asegurar que lleguen a la edad reproductiva), restaurar los hábitats ribereños y replantar semillas y plántulas en sitios estratégicos para reconectar fragmentos. De este modo será posible proteger el patrimonio natural nacional y evitar que corran el mismo final que los mastodontes. 

Contactenos

Para contactarnos rellena el siguiente formulario