Quebracho colorado, un gigante en retroceso

En los montes del norte argentino todavía quedan algunos quebrachos colorados erguidos, como si se negaran a desaparecer. Son árboles duros, de esos que resisten el fuego y las hachas, pero no la codicia ni la falta de límites. Su nombre lo dice todo: “quiebra hacha”. Sin embargo, hoy es el hombre quien lo está quebrando.
Este gigante, de madera pesada y crecimiento lento, fue alguna vez sinónimo de riqueza. Su madera sirvió para construir durmientes de ferrocarril, para alimentar curtiembres y para exportar tanino. Durante décadas se lo taló sin medida. Y aunque en 1956 fue declarado “Árbol Forestal Nacional”, eso no lo salvó de caer una y otra vez.
El quebracho colorado habla del norte y de su gente
El quebracho colorado forma parte del corazón del Gran Chaco Americano, una de las regiones más biodiversas del continente. En su sombra viven aves, mamíferos, insectos, y bajo su copa se refugian comunidades enteras del monte. Pero el paisaje cambió. Lo que antes era una inmensidad de árboles hoy se ve fragmentado, interrumpido por alambrados, carreteras y cultivos que avanzan donde antes sólo había monte.
Greenpeace Argentina advierte que la especie está desapareciendo a un ritmo alarmante, sobre todo en Santiago del Estero, Chaco, Salta y Formosa. En esas provincias se concentra el 75 por ciento de la deforestación del país. Se estima que desde 1998 se perdieron unas siete millones de hectáreas de bosques nativos, una superficie comparable con la de Escocia.
“Los desmontes continúan con total impunidad. Hay complicidad política. Se otorgan permisos donde la Ley de Bosques lo prohíbe, y los desmontes ilegales rara vez se castigan”, señaló Noemí Cruz, coordinadora de la campaña de Bosques de Greenpeace.

Un negocio viejo con nuevas formas
La historia del quebracho es también la historia de un modelo extractivo que no supo detenerse. Primero fue el tanino, un químico natural que las curtiembres y fábricas metalúrgicas usaban masivamente. Luego, los durmientes del tren, que necesitaban una madera dura y resistente. Cuando el tren dejó de expandirse, la soja y la ganadería ocuparon su lugar como amenazas.
Las topadoras abren paso al agronegocio y el quebracho vuelve a caer, aunque esta vez por motivos distintos. En Chaco y Santiago del Estero, los desmontes se multiplican para ampliar campos de cultivo y corrales de engorde. Los bosques se fragmentan, y lo que queda ya no alcanza para mantener el equilibrio del ecosistema.
Cruz fue tajante: “Las multas económicas no sirven. Los desmontes provocan un ecocidio que trae consigo desaparición de especies, cambios en el clima, inundaciones, sequías, enfermedades, desalojos de comunidades campesinas e indígenas. Es urgente que la destrucción de los bosques sea un delito penal”.
Cuando el bosque desaparece, todo cambia
El quebracho no es un árbol cualquiera. Su presencia regula la temperatura, retiene humedad y sostiene una red de vida que incluye plantas, hongos y animales. En torno a él se organiza el monte. Cuando desaparece, el suelo se vuelve más seco, la lluvia se dispersa y las especies buscan refugio en zonas cada vez más pequeñas.
En el Chaco, el avance de la deforestación deja tras de sí un paisaje silencioso, casi desierto. Lo que era un ecosistema complejo se convierte en tierra erosionada, sin sombra ni agua. Esa pérdida también se traduce en un problema climático: los desmontes liberan grandes cantidades de carbono y contribuyen al calentamiento global.
Muchos pobladores del norte lo saben bien. Donde antes se podía cultivar con lluvias moderadas, ahora la tierra se agrieta. Los pozos se secan. Las tormentas son más violentas. Todo se vuelve más extremo.

No mirar para otro lado
Greenpeace Argentina impulsa la campaña votaporlosbosques.org, donde más de 267 mil personas ya firmaron para exigir que los incendios forestales y los desmontes ilegales sean considerados delitos penales. La iniciativa busca dar un paso más allá de las multas y los informes técnicos: que la destrucción del bosque tenga consecuencias reales.
Cruz insiste en que la ciudadanía tiene un rol clave. “Sin presión social, los gobiernos no actúan. Necesitamos que la gente entienda que los bosques no son un lujo: son parte de nuestra vida cotidiana, del agua que tomamos y del aire que respiramos.”
El quebracho colorado, que alguna vez fue sinónimo de fuerza, se ha vuelto símbolo de fragilidad. Todavía quedan ejemplares dispersos, testigos de lo que fue el gran monte chaqueño. Su futuro dependerá de si logramos, como sociedad, ponerle fin a la tala y defender aquello que nos sostiene desde hace siglos.
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