Racionalización de los rozados a fuego.

Pagaría un aforo móvil por los productos que obtuviera de la explotación previa del bosque que elimina para destinar su madera a industria o comercio: las maderas que utilice para consumo propio, elaboración de yerba y mejoras, pagarán en cambio un aforo mucho más reducido, es decir, el 10 por ciento del aforo básico. Vale decir que el valor de ese bosque ira pagándolo a medida que lo explote y venda los productos, lo que le dejará, en todos los casos, un margen de ganancia que podrá permitirle cumplir con las obligaciones de poblar y cultivar. Una vez cumplido ese compromiso impuesto por el contrato de compraventa de la tierra, el colono podría acogerse a los beneficios del crédito agrario y abonar, por intermedio de los bancos Hipotecario o Nación, además del valor de la tierra que aun adeude, el del bosque existente en el otro 50 por ciento de La superficie adjudicada, determinado por estudio previo del mismo.

Acreditado el importe del bosque y extendido el título de propiedad que prevé el decreto de referencia, afectado también al cumplimiento de la reforestación podría explotar y rozar hasta el 75 por ciento del bosque existente en esa mitad, en fracciones de cuatro hectáreas por vez con destino a la cultura agrícola y una hectárea para destinar a reforestación. Tomando como ejemplo un lote misionero totalmente cubierto de bosque tendríamos que, aplicando el plan citado, del total de la superficie adjudicada se dedicaría el 80 por ciento para cultivos (50 por ciento o más), casa, huerta, potreros, etc. y sobre el 20 por ciento restante se haría plantación de bosques, dejando una superficie a determinar. en cada caso. como relicto de la selva primitiva.

La reforestación se haría en forma racional, para lo cual, personal especializado de la Dirección Forestal dictaría entre los hijos de los colonos cursos teórico prácticos de Silvicultura, que los pondría en condiciones de realizar ellos mismos la plantación forestal exigida. Como es lógico, las porciones de cada lote de 25.50 o 100 hectáreas a destinar a la reforestación habrán de ser aquellas que no sean apropiadas para la agricultura. Para el caso de que el total de la tierra que constituye el lote sea de aptitud agrícola, el porcentaje exigible para reforestación deberá serlo en lugar que más convenga a esos fines.

En materia de especies destinadas al plan de reforestación que se comenta, nuestra preferencia habrá de estar, sin duda, por la “araucaria” y el “cedro”, de los cuales el país importa anualmente del Brasil y Paraguay, respectivamente, por valor de más de 150millones de pesos moneda nacional. La suma de las pequeñas superficies arboladas habrá de significar una gran extensión reforestada que al cabo de 10 años como mínimo, podrá comenzar a dar al colono sus primeros beneficios en madera y que además, explotada racionalmente, podrá rendir a perpetuidad. Estas superficies reforestadas ocuparán el lugar que antes ocupaba el bosque misionero degradado. el bosque rozado a fuego con su correspondiente autorización y severo contralor, o también las “capueras” o “capuerones” que abandonados tardarían varios decenios antes de reconstituir la selva primitiva.

En resumen, el hecho real es que en la actualidad lotes chaqueños y formoseños que estuvieron cubiertos totalmente de ricos bosques de “quebracho colorado chaqueño”, “urunday”, “‘lapacho”, “viraró”, “guayaibi”, “curupay”, “palo lanza”, etc., o también bosques misioneros densamente cubiertos de “cedro”, “araucaria”, “incienso”, lapacho”, “guatambú”, “cancharana”, etc., formados a través de siglos, muestran hoy colmada su superficie por innumerables claros que, así se llamen abras, pampas, campos o calveros, en la formación chaqueña, o sean rozados, “capueras” o “capuerones” en el territorio de Misiones, fueron originados en su gran mayoría por la acción exterminante del fuego.

En verdad, es lamentable comprobar que en distintos lugares donde no hace muchos años era difícil hallar “campos ligeros” debido a la frondosidad del bosque, ahora resulta tarea ardua encontrar formaciones arbóreas capaces de satisfacer económica y regularmente las necesidades de materia prima para numerosas industrias. Y si reflexionamos que la destrucción de las zonas boscosas provocada por el fuego, fue iniciada por los indios en épocas remotas, guiados por su afán de abrirse paso en la espesura de la selva, y que ese procedimiento se siguió realizando como sistema y en escala ascendente hasta nuestros días por el hombre civilizado, comprenderemos la razón de existencia de tantos bosques degradados y de los numerosos y extensos claros que los mismos presentan en la zona.

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