La historia de los incendios en la selva misionera

Pasando ahora a analizar el problema en la selva subtropical misionera, hemos de recordar previamente que su característica es la gran riqueza arbórea cuantitativa, aun cuando los individuos de una misma especie arbórea se hallen generalmente muy espaciados. Bajo los árboles de las más variadas dimensiones, entre los cuales existen muchos gigantes, con frecuencia cargados de epifitas y lianas maderables trepando entre los troncos y ramas, se presenta el estrato arbustivo, el tapiz herbáceo y hasta musgos y líquenes. Tan compleja y abundante vegetación es productora constante de cobertura muerta; ésta, al descomponerse rápidamente bajo la influencia de las altas temperaturas y marcada humedad, da lugar a la formación de un horizonte humífero, de espesor variable, que descansa sobre la arcilla laterítica, típica de los suelos rojos misioneros. Sobre ese suelo humífero de la selva caen las semillas y se mantienen a la espera de condiciones favorables para su germinación y desarrollo. La topografía del terreno es, en general, quebrada por numerosos arroyos que nacen en las sierras centrales y desembocan en los ríos Paraná, Uruguay, Iguazú o sus afluentes, dando lugar, desde mesetas elevadas con declives largos y de poca pendiente hasta laderas abruptas con muy poca tierra y abundante piedra.
El desarrollo e importancia económica de la vegetación arbórea misionera está condicionada preferentemente a tres tipos de suelos principales: en primer lugar, los suelos profundos que son los que presentan mayor riqueza arbórea cual cuantitativa y luego, en orden decreciente, los semi profundos y pedregales. Estos dos últimos presentan vegetación arbórea económicamente más pobre pero igualmente valiosa para la conservación de aquellos suelos.
Equivale decir, que la selva primitiva misionera es una verdadera sociedad vegetal en equilibrio estable. Y hasta cuando en la masa arbórea, por ejemplo, se origina un pequeño claro debido a la caída de árboles por efecto de la sobre madurez, el viento, o por cualquier otro accidente, pronto germinan las semillas de plantas heliófilas, generalmente de ciclo breve, que ocupan de inmediato el claro. Bajo el estrato formado por estas plantas heliófilas, germinan más tarde las semillas de especies ciafilas, más fuertes que las anteriores, que no tardan en substituirlas, hasta quedar reconstituida la selva primitiva con sus especies normales.
Proceso de ejecución del rozado a fuego.
Eso es lo que ocurre naturalmente en la selva misionera. hasta que interviene el hombre y haciendo claros en su interior por el sistema más rápido y económico el rozado a fuego rompe bruscamente el equilibrio en que se desenvolvía naturalmente la citada formación forestal. El rozado en la selva misionera comenzó a practicarse en gran escala a partir del año 1920, en que se difundió notablemente la plantación de “yerba mate”. Luego su práctica se fue generalizando, con preferencia sobre las tierras mensuradas y bosques explotados en sus especies más valiosas, para dedicar las superficies al cultivo de plantas anuales como “tabaco”, “maíz”, “mandioca”, “porotos”, “batata”, “zapallo”, o permanentes como el “tung”, “ramio”, etcétera. Se efectúa con preferencia en primavera, y en algunos casos en que el colono desea usufructuar una plantación inmediata, en el otoño.
El proceso del rozado comienza mediante el volteo de árboles con hacha y el corte de sus ramas en el suelo; dos meses después las ramas suelen hallarse suficientemente secas y se puede iniciar la combustión; antes de ese tiempo resulta más difícil porque, como se ha dicho, la vegetación de la selva subtropical misionera no arde. Una vez producida la quemazón que consume toda la ramazón y hojarasca, suelen quedar sobre el suelo. en el claro producido en medio de la masa arbórea, rollizos de “ibiráperé”; “cedro”; “virapitá”; “”‘anchico”; “peteribí”; “lapacho”; “incienso”; “”marmelero”, resistentes al fuego en estado verde y afectados tan sólo en su parte cortical por el fuego.
En los momentos actuales, debido al alto valor comercial que tienen las maderas misioneras, son vendidas por el colono a los aserraderos cercanos al lugar del rozado, o se las utiliza lentamente para la construcción de mejoras; sin embargo, en algunos casos, por fortuna más raros actualmente, maderas tan valiosas se llegaron a utilizar incluso para la elaboración de la “yerba mate” o, una vez bien secas, se quemaron para dejar el claro bien limpio. Ya al primer año del rozado y a pesar de la existencia de cepas y troncos caídos en el terreno, el poblador realiza la primera siembra directa, a mano, de las plantas anuales o permanentes citadas.
Posteriormente realiza la cosecha y así sucesivamente va cultivando y cosechando anualmente y durante el período de receso agrícola elimina la madera caída hasta su total desaparición de la superficie rozada, lo que suele tardar en algunos casos hasta cinco años. La tierra es cultivada mientras produce buenas cosechas agrícolas, lo que ocurre con frecuencia a perpetuidad o durante períodos muy largos, en los suelos profundos; pero en los suelos superficiales o en pedregales, después de algunas cosechas remuneradoras merced incluso al aporte mejorador provisorio de las cenizas del material leñoso quemado, el suelo pierde su fertilidad y es abandonado en procura de nuevas superficies a rozar y comenzar otro ciclo.
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