El bosque mediterráneo chileno cerca del colapso ambiental

Río de aguas turquesas fluyendo entre cañones rocosos y bosques verdes en la región patagónica, bajo un cielo despejado.

El bosque mediterráneo chileno, también conocido como bosque esclerófilo, abarca desde la Región de Coquimbo hasta la Región de la Araucanía. En él se pueden encontrar especies emblemáticas como el litre, el peumo, el quillay y el colliguay. Se trata de ecosistemas que cumplen un rol fundamental en la regulación del agua y del clima de la región. Pero a pesar de su importancia, se encuentran en una situación crítica.

De acuerdo con una reciente investigación, liderada por Diego Cueto, egresado de la Universidad de Chile, cerca del 40% de estos bosques presentan un índice de riesgo alto o muy alto. Esto significa que se encuentran al borde de un colapso ecológico o del “tipping point”, un concepto científico que se usa para describir el punto en el que el bosque pierde su capacidad de regenerarse y de seguir cumpliendo sus funciones. 

Según organizaciones ambientalistas como Greenpeace Chile, este proceso no solo es un problema ambiental, sino que repercutirá directamente sobre la población chilena generando desde el aumento de las sequías y las inundaciones, hasta la dificultad para realizar actividades de pastoreo como la trashumancia.

¿Qué servicios provee el bosque mediterráneo chileno?

Los bosques esclerófilos no son simples reservas de vegetación, sino que brindan servicios ecosistémicos que benefician a millones de personas. Por ejemplo, regulando la temperatura local, manteniendo la humedad de los suelos, absorbiendo el agua de las lluvias y liberándola de manera gradual, reduciendo los riesgos de que ocurran sequías e inundaciones. 

Por otro lado, proveen leña, alimentos y espacios que forman parte de la identidad de muchas comunidades nativas chilenas. Pero cuando este bosque se degrada, las funciones que cumple colapsan una tras otra. A medida que se pierde cobertura de los árboles, los suelos se vuelven más secos e incapaces de retener agua. Esto a su vez los vuelve más vulnerables a las sequías. 

Al mismo tiempo, al no haber raíces profundas que adsorban el agua, aumenta el riesgo de inundaciones repentinas tanto en el campo como en la ciudad. Por último, las comunidades que dependen de la trashumancia o del bosque para sobrevivir, ven puestos en riesgo sus modos de vida y sus prácticas ancestrales. 

¿Cuáles son los factores detrás del colapso del bosque? 

El estudio, titulado Bosque Mediterráneo chileno al borde del colapso? Evidencia de un análisis de riesgos integral, combinó datos sobre sequía, temperatura, incendios y cambios de uso del suelo para evaluar qué tan vulnerable se encuentra el bosque esclerófilo. Los resultados demuestran que esta vulnerabilidad es resultado de diferentes variables: por un lado, la acción del cambio climático; por otro, las actividades humanas. 

En el extremo norte del bosque, los principales factores tienen que ver con el aumento de las temperaturas y la disminución de las precipitaciones, ambos relacionados con el calentamiento global. Esta combinación reduce la capacidad de resistencia de la flora, favoreciendo los procesos de desertificación. 

En la zona central, en cambio, hay un doble impacto: se combina el efecto climático con la expansión agrícola y el desarrollo urbano, lo que intensifica la pérdida de bosques generando un rompecabezas de tierra fragmentada. Además, los expertos afirman que el bosque diverso está siendo reemplazado por un matorral empobrecido. 

¿Cómo producir sin destruir el bosque?

El estudio busca poner la lupa sobre contradicción entre la necesidad de producir alimentos y la urgencia de conservar los bosques. Los especialistas comprenden que Chile necesita de la producción agrícola para garantiza su seguridad alimentaria. Sin embargo, esto no puede hacerse a costa de la desaparición del bosque.

Las soluciones no pasa solo por prohibir las actividades, sino porque existan políticas públicas que combinen la restauración ecológica con el orden territorial. Es decir, estableciendo zonas claramente destinadas a la producción agrícola y otras reservadas a la preservación de los bosques. Por otro lado, es importante reforestar las zonas deterioradas con especies nativas e implementar incentivos para la producción sostenible.

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