¿Cómo se reinventan las ciudades para afrontar la crisis climática? 

Grupo de jóvenes con mascarillas verdes sostiene carteles que promueven la creación de más áreas verdes en una ciudad, en medio de un parque arbolado.

La crisis climática le está pasando factura al desarrollo urbanístico desorganizado. Durante gran parte del siglo XX y lo que va del XXI, las ciudades crecieron sin tener en cuenta a la naturaleza, avanzando sin piedad sobre ella y reemplazándola por cemento. De esta forma, los espacios verdes quedaron reducidos a pequeñas plazas o parques, mientras se multiplicaban los edificios, las avenidas y las autopistas. 

Bajo ese escenario, la biodiversidad quedó relegada y los servicios ambientales que ofrecían los ecosistemas se fueron perdiendo. Pero ahora que el cambio climático aumenta las temperaturas, los humanos comienzan a darse cuenta de que el modelo urbano no solo afecta a la fauna y flora desplazadas, sino también a ellos. 

El exceso de superficies duras hace que las ciudades sean cada vez más vulnerables a las olas de calor y a las inundaciones repentinas. El asfalto y el hormigón absorben y retienen el calor, generando lo que se conoce como “islas de calor urbano”. Mientras que, al no existir suelos que absorban el agua, las lluvias cada vez más intensas desbordan las calles y los sistemas pluviales.

La crisis climática llegó para quedarse y no hará más que profundizar los problemas con olas de calor extremo más frecuentes y letales, y precipitaciones que se intensifican en pocas horas. Por este motivo, las ciudades que crecieron dándole la espalda a la naturaleza se ven obligadas a repensarse para garantizar la seguridad y la salud de sus habitantes.

Los ejemplos de Barcelona y Madrid para lidiar con la crisis climática

Algunas ciudades ya comenzaron sus transformaciones para afrontar el cambio climático y sus consecuencias. La ciudad de Barcelona (en España) incursionó en las llamadas “supermanzanas”, que reducen los espacios para los automóviles y aumenta las calles peatonales conectadas entre sí. Pero además, busca crear ejes verdes con abundantes árboles y lugares que ayuden a refrescar el ambiente y mejorar la calidad del aire.

Mientras tanto, Madrid (también en España), empezó a recuperar baldíos abandonados y a convertirlos en huertas y jardines comunitarios. También derribó los muros de algunos colegios con el objetivo de que los espacios verdes se conectaran con los patios infantiles. Por si esto fuera poco, está desarrollando un cinturón de bosques metropolitanos y experimentando con tejados verdes, que aíslan la temperatura y ayudan a gestionar mejor el agua de lluvia.

Estos ejemplos muestran que hay soluciones posibles para combatir los eventos climáticos extremos. Diversas organizaciones ambientalistas (como Greenpeace) vienen advirtiendo desde hace tiempo que es necesario que los políticos de las grandes ciudades tomen medidas para transformar el paisaje urbano y mitigar los impactos de la crisis climática. 

Una regla que aporta soluciones

La regla 3-30-300 es una de las guías más mencionadas a la hora de diseñar ciudades verdes. La idea consiste en que cada persona vea al menos 3 árboles desde su casa, que los barrios cuenten con un 30% de cobertura arbórea y que haya un espacio verde a no más de 300 metros de cada hogar. Este garantiza el acceso equitativo a la naturaleza.

Pero además, hay alternativas como despavimentar calles innecesarias, usar suelos porosos que permitan la infiltración de agua, renaturalizar espacios urbanos y crear refugios climáticos para enfrentar las olas de calor. Estas estrategias no solo mejoran el bienestar de las personas, sino que también protegen a los ecosistemas.

¿Qué beneficios aportan estas medidas? Muchísimos. Los árboles, por ejemplo, pueden reducir la temperatura de una zona ¡hasta 12 °C respecto a superficies asfaltadas! Además, ayudan a prevenir inundaciones, absorben contaminantes y protegen la salud mental de los seres humanos. No por nada más de 300 estudios realizados en ciudades europeas confirman que la vegetación urbana es una de las mejores herramientas de adaptación al cambio climático.

Los jardines urbanos parisinos

La capital francesa decidió ir un paso más allá y, en 2023, aprobó un plan para recuperar hasta un 40% del espacio público como áreas naturales. El proceso incluye la despavimentación, la creación de corredores verdes y la plantación masiva de árboles en avenidas, plazas y antiguas vías de tren. La alcaldesa Anne Hidalgo definió este cambio como una revolución verde para una ciudad históricamente dominada por el cemento.

Uno de los hitos más visibles fue la inauguración de la primera selva urbana en la Plaza de Cataluña, donde se plantaron 470 árboles para generar un pulmón en el corazón de la ciudad. Estos bosques urbanos no solo ayudan a absorber dióxido de carbono, sino que además reducen la contaminación y atraen vida silvestre, transformando el paisaje y la experiencia de los habitantes en su ciudad. 

¿Y por casa cómo andamos?

En América Latina, también comienzan a surgir proyectos de reconversión urbana. En Buenos Aires, organizaciones como MUTA y el IDUF propusieron transformar la Avenida 9 de Julio en un bosque lineal. El plan contempla plantar más de 10 mil árboles y arbustos nativos en bulevares, veredas y carriles.

El objetivo es mitigar el efecto de isla de calor en una de las avenidas más anchas del mundo, donde hoy las superficies asfaltadas alcanzan temperaturas de ¡hasta 8 °C más que en las zonas verdes de la ciudad! Además, este corredor permitiría absorber lluvias intensas, reduciendo el riesgo de inundaciones. 

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