Devastador impacto de El Niño en los insectos que sostienen los bosques

Flores silvestres de colores rojo, amarillo, blanco y violeta en un prado verde.

Es difícil imaginar que algo tan pequeño como un insecto pueda sostener un bosque entero. Pero es así. Polinizadores, descomponedores, todos trabajando casi sin que lo veamos. Y ahora están desapareciendo rápido. América, África, Asia. Todos los trópicos muestran señales de alarma. El Niño, que ya no es lo que era, cada vez viene más fuerte. Y sí, el cambio climático lo empeora todo. No es solo lluvia y temperatura: hay un efecto dominó, invisible al principio, que luego se nota en aves, reptiles, mamíferos pequeños,  incluso en los bosques mismos.

El Niño generó descensos que no tienen precedentes

Organizaciones ambientalistas, como Greenpeace, han hecho eco de los estudios que hablan de cifras que duelen: hasta un 40% de escarabajos, más de 30% de mariposas en los años más fuertes de El Niño. Jane Hill, de la Universidad de York, dice que nunca se vio algo así en tan poco tiempo. Y uno piensa, ¿cómo puede ser que desaparezcan tan rápido? Más de 80 investigaciones en la Amazonia, Borneo, selvas africanas… todos reportan caídas abruptas. Y no es un problema solo de insectos; las aves y los reptiles dependen de ellos, pequeños mamíferos también… todo se descompensa cuando estos insectos faltan.

Ciclos que ya no encajan

Los insectos tenían ciclos precisos. Larvas, reproducción, migración. Todo sincronizado con las hojas, las flores, los frutos. Ahora, se desajusta. Steve Bale, ecólogo de la Universidad de Exeter, dice que esto genera un efecto dominó. Y tiene razón: descomposición más lenta, polinización irregular, depredadores que no encuentran su alimento. Y la regeneración del bosque se resiente. Uno se pregunta, ¿cuánto tardarán en adaptarse? No está del todo claro.

Efectos en la alimentación y la productividad

El problema toca la agricultura también. En el sudeste asiático, cultivos de cacao, café y frutas caen. Polinizadores menos activos. FAO recuerda que hasta el 75% de los cultivos dependen de insectos. Si se pierden, los humanos también sentimos el impacto. Y además, las hojas y residuos que no se descomponen hacen que los suelos pierdan nutrientes. La productividad de los bosques disminuye, y eso afecta indirectamente a todo lo que vive ahí. Es como un círculo que se cierra mal: insectos menos, bosques menos, vida menos.

Advertencias y proyecciones

ONU Medio Ambiente y UICN lanzan alertas. Temperaturas ya más altas en 1,1 °C desde la era preindustrial. El Niño se intensifica. Modelos climáticos —The Wall Street Journal lo cita— dicen que si no reducimos gases de efecto invernadero, los daños podrían ser irreversibles. Cada ciclo fuerte deja menos capacidad de recuperación. Extinciones locales, pérdida de diversidad genética… todo apunta a que los bosques podrían cambiar para siempre.

Acción y monitoreo

Monitorear se vuelve prioridad. África central, Pacífico sudoccidental, lugares que casi nadie mira. Matt Shardlow, de Buglife, lo dice claro: “Estamos jugando a ciegas con los sistemas que permiten la vida en los trópicos”. Protege a los insectos, insiste, o todo se complica. Y uno se da cuenta de que la resiliencia de los bosques depende de ellos. Sin acción coordinada, muchas especies se perderán antes de que lleguemos a conocerlas siquiera. La ciencia advierte, la política debería actuar. Pero mientras tanto, los insectos siguen cayendo, silenciosos, invisibles.

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